El cuerpo
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X/X/1994
La oficina tenía las ventanas abiertas de par en par, el aire acondicionado a lo que daba,
pero poco hacía.
Las lágrimas del candelabro reflejaban el sol infernal, cegando a quien lo viera de frente.
El abanico de ébano surtía algo de efecto sobre el panda rendido en el asiento.
A la misma hora de siempre, entraron sin preguntar.
—Te veo sufriendo. ¿Quieres agua con hielo? —era Peonia.
De humor ronroneante, a pesar del calor. Llevaba un vestido blanco, largo y ligero.
Fue por un vaso para el hombre. Luego de quejarse del calor por un rato, se atrevió a preguntar:
—¿Me dejarías ir al karaoke mañana? Mis amigas irán después del colegio. Debo llevar algo de plata; si no hay problema con que vaya, claro.
Hung, que parecía afligido, borró la expresión del rostro. Una pequeña sonrisa le dio a Peonia algo de esperanza, hasta que entendió el gesto.
—¿Es en serio? ¿Con este calor? Pensé que…
—¿Pensaste que alguien más te haría la pega, Machetito? Bastante equivocada. Tu trabajo, tú lo limpias. ¿Entiendes?
Ella asintió de mala gana. Arrastró los pies por el camino pedregoso. Iba echando un ojo de vez en cuando a la ventana de la oficina. Veía el abanico moverse lento, y la sombra que lo sostenía.
Llegó al galpón, atravesando la puerta sintió el olor. Se arremangó el vestido y lo cubrió con un delantal de carnicería. Abrió una bolsa y el interior la empujó hacia atrás.
El olor daba más asco que las larvas haciendo un festín de la carne. La bolsa se sentía tibia a distancia, al igual que el contenido.
El cuerpo estaba hinchado. Quiso vomitar, pero se contuvo. Las lágrimas se agolpaban entre las pestañas, impidiendo la vista.
—Puedo hacerlo —se repetía a sí misma.
Contenía el aliento mientras arrastraba la bolsa. Luego fue por un cuchillo y un serrucho eléctrico.
Abrió el torso con cuidado. Agitaba las manos, lanzando los gusanos lejos de sus brazos. Expuso los órganos acuosos. Los tomó suavemente y los depositó en el balde que tenía a su lado.
Fue cuando tomó los intestinos que un movimiento brusco la traicionó.
En un leve tirón, uno reventó, salpicándola. El olor tibio, ácido, contra el pelaje. La textura babosa, las larvas.
Tuvo razón suficiente para salir corriendo a tomar aire. Se arrodilló junto a la llave y se mojó con la manguera. El vestido era un desastre café y rojizo. De vez en cuando saltaba, esquivando gusanos imaginarios.
Se quedó encorvada ahí, hasta que una sombra le tapó la luz.
—¿Y? —preguntó la sombra que se abanicaba.
—Ya voy, ya voy. Estoy tomando aire.
—¿Quieres ir al karaoke? ¿Sí o no?
—Lo estoy haciendo bien. Ten algo de paciencia. Huele horrible.
—Te acompaño —dijo, caminando hacia la entrada—. Vamos, adelante.
Ella lo siguió a pasitos cortos. Volvió a arrodillarse junto a la cubeta.
Estaba haciendo un esfuerzo grande por contener las arcadas e intentaba no saltar.
—Si vomitas, te costará parar —dijo él, tomando asiento.
Apoyaba los codos en las piernas mientras miraba, sin dejar el abanico.
De pronto, las náuseas fueron más fuertes que la voluntad. Peonia se fue en vómito.
Algo de quince minutos tardó en parar. Hasta que solo salía saliva.
Vomitando poco más que aire, siguió adelante. Separó el tejido, cortó articulaciones y echó bencina en un contenedor.
Cuando todo estuvo limpio, Hung tomó una muñeca y presionó los tendones. Las náuseas desaparecieron.
—¿Cuánto necesitas para tu karaoke?
—Veinte mil.
—Ok, Ni Ni. Llévate la tarjeta. Y no olvides sacar las bolsas antes de salir.
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