Handycam
X/X/2005
El cemento era rojo. Pedazos de carne fría se esparcían por el suelo. Peonia en cuclillas. La pantaleta hasta las rodillas.
—¿Vas a mostrarle esto a tus amigos del club gastronómico?—rió.
—Cállate y mea.
Hung sostenía la handycam. Se agachó lo suficiente para lograr una buena imagen.
Peonia desenfundó las pistolas de sus costados y posó con una mueca.
—Payasa.
—Sucio. Panda depravado.
La grabación se puso en pausa. Hung bajó la cámara.
—No vuelvas a aludirme en video. No me gusta.
Ella dejó caer las armas.
—¿Por qué? Solo tú los ves, ¿o no?
La cola latigaba en el suelo, inquieta. Hung puso un pie encima. Ella ahogó un grito. Encogió el cuerpo hasta caer sobre la carne.
—Simplemente no me gusta. ¿Alguna otra duda?
—No, para nada. Era un decir—lloriqueaba, tocándose la cola.
Se quedó quieta un momento. La handycam encuadraba las piernas abiertas sobre el cuerpo. El pelaje se empapaba más en sangre en cada leve movimiento. Los oídos felinos captaron el sonido del lente. Peonia miró a la cámara, tomando el machete.
—¿Quieres verme hacer algo sucio?
—Adelante.
La cámara comenzó a acercarse. Las rodillas de Hung barrían la sangre, reptando hacia la carnicería. Vísceras y pequeñas astillas de hueso se mezclaron con el cuerpo desnudo. Peonia sonreía.
—¿Te gusta?
—Más hondo.
El machete atravesó haciendo un sonido sordo contra el cemento. Tiró con fuerza hasta partirlo en dos.
—Dame un beso.
—¿Y la grabación?
—Ya está. Ven aquí.
La cámara quedó tirada, registrando el sonido húmedo y un ronroneo.
—Perdóname. No quise ponerte en duda.

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