El Pardo

 X/X/1995

El cuerpo colgaba del techo, pesado. La cuerda hacía su recorrido por la rondana de a poco. Peonia anclaba los pies en la tierra, bajando a un oso pardo corpulento. 



Soltó justo antes de que tocara el suelo. Cayó boca abajo. Fue un problema para ella. Le tocó forcejear un rato hasta lograr voltearlo. 

El joven no tendría más de veinte años. Cinco más que ella, calculaba. Los ojos miel que habían llamado la atención incluso antes, seguían haciéndolo. Aún con la bruma encima.

Acomodaba las herramientas desviando la mirada al rostro inerte. Afilaba el machete con la piedra, mientras la mirada barría el resto del cuerpo. Se mantenía fresco. La ejecución había sido excepcionalmente piadosa. La sangre ya había sido drenada. Parecía dormido. Se tocó el cuello. Sudaba. Sintió un hormigueo cálido. 


Puso las manos sobre la ropa. Intentó bajarla, pero algo la detuvo. El corazón se aceleró cuando la mano cambió de rumbo. 

Se metió a empujones bajo el denim. Tanteaba temblorosa, tensa. Torpe. Tuvo un impulso; bajó el pantalón de un tirón.

Recorrió con las manos, curiosas, tímidas, las formas, las texturas. Bajó la cabeza y acercó la boca. Durante un tiempo no pensó en nada.

Sintió un olor familiar: cigarrillo rojo, de la marca de siempre.

Vio en el suelo la colilla humeante. Un zapato la aplastó. 

La figura se hacía enorme. Miraba sin expresión ni apuro. 

Peonia bajó la cabeza. No se movió. Temblaba en silencio. Ni siquiera retiró las manos. 

El cuerpo expuesto. Ella encima, evitando devolverle la vista a los ojos que se clavaban sobre ella. 

Xiong quiso hablar. La boca hizo un sonido, pero no dijo nada. Sus ojos se desviaron a una pequeña ventana rota por la que entraba el sol. 

Peonia volteó hacia los zapatos. No se movían. El sonido exterior de las aves era lo único audible.


Dio media vuelta y caminó hacia la salida. 

–Si te veo haciendo eso de nuevo, te lo haré comer. ¿Estamos claros?

–Sí–susurró ella. 

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