El Sauna
X/X/2004
El calor sofocaba, las ondas visibles serpenteaban en el aire. La humedad del sauna se mezclaba con el humo de cigarro.
El jabalí se encogía en la banca. A un lado Hung. Al otro, Peonia. Estaban tan cerca que no podía girar la cabeza. Hung fumaba. La brasa se acercaba a milímetros de la cara.
Peonia separó las piernas encerrándolo un poco más. Reposaba un antebrazo en la rodilla. Del otro lado colgaba un cuchillo.
—¿Y?— preguntó Hung.
—No sé. No sé nada.
—¿No sabes? A mí me hablaron de un Ferrari de mierda rojo, ridículo. Un juguete igual que el tuyo. Ni siquiera tapaste la patente; ni un número cubierto. Y yo me estaba preguntando si eras tan estúpido. En serio, tenía mis dudas.
El vapor y el humo hacían imposible respirar bien. El sudor hacía surcos en el pelaje.
El jabalí intentaba cubrirse con la toalla. Hung la arrancó. Peonia rodeó el cuello con un brazo. En la mano libre bailaba el cuchillo.
—Pregúntale tú, Ni Ni.
—A ver, ¿fuiste tú? Si no nos mientes, te irás sin un dedo. Y si nos mientes… ¿Qué le haremos, Hung?
Hung agachó la cabeza, tomó las rodillas y separó las piernas. Sonrió.
—Córtale ese micropene.
—Te cortaremos el micropene. ¿Qué dices? ¿Nos cuentas o no?
—Yo solo obedecí. No sé más.
—¿¡Ves, Hung!? ¡Ese toro de mierda! ¡Te dije que te odia! ¡Agh! ¡Qué rabia!
—No te precipites, Ni Ni—molió el cigarro en la banca.
Se acercó la cara. Podía sentir la respiración chocando contra la humedad de su propio rostro.
—¿Me vas a decir que no sabías que esa bodega era mía y que ese era mi auto?
El cuchillo paseó por la pierna. Un tajo superficial dejó una pequeña estela roja.
—Dale, Jabalí. Ya estás empezando a oler a tocino. Solo di que te gusta andar de doméstico—susurró Peonia.
—En realidad, sí.
La muñeca con el arma se ablandó, colgando floja.
—Mintió y luego dijo la verdad. ¿Qué hacemos? ¿Se lo cortamos o no?
—Déjalo así. Mira—dijo él con la vista en un charco—Se meó. Vámonos, Ni Ni. Ya sabe su deuda. No aguanto ni un minuto más aquí.
Peonia se detuvo a la salida. La ropa del jabalí voló por el camerino. En el pantalón encontró la billetera. Tomó el efectivo y una cédula. Siguió a Hung.
—¿Puedo comprar maquillaje con esto?
—Chistosita salió mi Ni Ni.
—Un esmalte para garras, aunque sea.
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