Machetito

X/X/2003

La ampolleta direccional iluminaba la faena. Peonia serruchaba con el buzo plástico a medio subir. La cola tensa iba y venía casi cepillando el suelo.

—Llevaba días sonando raro. Justo hoy decide irse al cielo, sierra de mierda.

Hung se pasó una mano por la cara. El delantal de goma dejaba caer gotitas rojas al suelo. Prendió un cigarrillo recargándose contra el tabique. El serrucho reposó en un costado de la mesa.

—¿Estás bien? —preguntó ella.

—No tengo la misma energía de antes, Machetito.

—¡Ay, no digas eso! Estarás cansado, nada más —hurgaba en una bolsa con las manos sucias—. ¿Cerveza?

—Un sorbo, no más. Hoy no tengo ganas.

—¿Caña?

—Sí, un poco.

Destapó una lata ronroneando, bebió un trago largo y se la pasó a Hung.

—Tsch, te la tomaste toda —dijo Hung, tomándose el concho.

Peonia arrancó el cigarro de las manos.

—Destápate una, ¿cuál es el problema?

—Anoche me hice mierda, Ni Ni.

—¿Quién te obliga a tomarte el pack?

Una nueva lata llegó a las manos de Hung y en seguida el serrucho continuó su labor. Se sentó a duras penas. Destapó y dio un sorbo corto. Buscó un nuevo cigarro en el bolsillo y se quedó tras ella.

Las piernas firmes anclaban el cuerpo al suelo. Los glúteos se estiraban y estrechaban con cada trozo cargado sobre la mesa. La espalda se apegaba húmeda al material. Apartó la mirada; se fijó en la caja de herramientas a sus pies.

—Ni Ni.

—Cuenta.

—Esos buzos te están quedando chicos.

—¿Me estás diciendo gorda?

—No. Esos te los compré hace años, debería encargar unos nuevos. ¿Qué talla estás usando?

—Talla media.

—¿Media? ¿Segura?

Peonia dejó caer el serrucho, se giró y arrebató la lata.

—Estoy gorda, ¿verdad?

—No. Estás grande.

—¿Grande?

Hung seguía fijo en la caja. Ella siguió con la mano la textura del plástico tenso sobre su muslo.

—¿Recién me encuentras grande? —dijo ella dando un sorbo.

La silla crujía mientras él acomodaba la espalda contra el respaldo. Con un gesto pidió la lata de vuelta y se la bebió a fondo.

—Ya, terminemos con esto pronto.

—Déjame hacerlo sola.

—Queda harto.

—No tanto. Harto grande, el muertito.

Peonia volvió a enfrentarse a la mesa. Su jadeo y el sonido húmedo de la carne rebotaban haciendo eco contra el metal del container. Giró hacia la caja de herramientas, se agachó apartando la tapa. Levantó la cabeza buscando la mirada, pero lo encontró siguiendo el recorrido de las manos. Sacó la espada de afilar empuñando el mango con suavidad. La mano libre posó las yemas, recorriendo el metal hasta la punta. Ninguno movió un músculo cuando los ojos se encontraron.

Hung volteó la mirada hacia la puerta y caló hasta matar el cigarro. Lo pisó y en un segundo ya estaba de pie.

—No puedo más. Me voy.

El delantal quedó colgado en un clavo del tabique. Ella volvía al mesón mientras Hung arrastraba los pies a la salida. Tomó la espada y comenzó a afilar el machete. Se le escapó de las manos; en un segundo volvió a tomarlo.

—Cuidado —dijo él desde la puerta.

—Buenas noches. ¿Te puedo pasar a ver?

—Mejor que no. Me siento mal.

—Es raro verte así.

—Necesito un descanso, no más.

—Como quieras. Si necesitas algo, grítame. Hoy me quedo despierta.

—No te quedes frente a la tele con la luz apagada. No me gusta ese hábito tuyo, te vas a quemar los ojos.

Peonia soltó una risita. El metal del machete se iluminaba temblando bajo la luz. Ajustó el agarre, comprobó el filo un momento y lo dejó caer entre la carne y el hueso. El zumbido de la moledora se apoderaba del container.

—Como quieras.

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